lunes, 8 de mayo de 2017

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La buena postura tiene más que ver con cómo te mueves que con cómo te quedas quieto.

Al salir de la adolescencia y entrar en mis veinte mi postura pasó de ser un “no-tema” a un tema recurrente. Una de mis abuelas tenía osteoporosis y una notoria joroba y entre mi familia es bastante común la postura de hombros caídos hacia adelante. Mi otra abuela, que goza de buena postura, huesos de acero y envidiable salud (será el gen escocés… espero haberlo heredado) jura que su secreto es que de chica caminaba media hora diaria con un palo de escoba atravesado en la espalda. Cuando mi hermana en su adolescencia ya mostraba indicios de seguir la línea familiar de hombros caídos, le recomendaron usar uno de esos arneses elásticos que se supone ayudan a corregir la postura.
Dado este panorama no sorprende que hasta no hace tanto creyese como muchos que la postura es algo que se corrige desde afuera, o sea que hay una tal “buena postura” que debe alcanzarse y luego mantenerse a base de entrenamiento muscular. Cuando en mis veinte empecé a ver señales que mis hombros iban por el descendiente camino familiar me compré uno de esos arneses fantásticos y lo traté de usar diariamente, ajustado al máximo obvio. Era horriblemente incómodo y doloroso; me dejaba los hombros y el cuello a la miseria. Lo más triste sin embargo era ver como cuando me sacaba el elemento de tortura mis hombros invariablemente rodaban para adelante, dolorosos pero agradecidos de volver a la “mala” postura que obviamente les quedaba más cómoda. En resumen, mi postura se desmoronaba siempre que no la estuviese fijando en una posición “correcta” por medios externos o por fuerza muscular.
Esta idea de lo que implica una buena postura y cómo lograrla es bastante común. Una rápida búsqueda en Google de “ejercicios posturales” arrojan un montón de resultados que se ajustan a esta idea: qué músculos necesitas fortalecer para mantenerte erguido (por lo general se habla de los músculos del “core” o “centro”, o sea abdominales y espalda) y cuáles músculos deberías estirar para sacarlos de su acortamiento crónico (principalmente los músculos que unen tus piernas y brazos a tu tronco como ser los pectorales, isquiotibiales y psoas).
Aclaremos, no tengo nada contra estos ejercicios ya que comparto en cierta medida la idea que la fuerza y flexibilidad relativa de ciertos grupos musculares juega un rol importante en lo que damos a llamar “buena” postura. Sin embargo, sí tengo un problema con el modelo de postura que los subyace e informa.
Desde la perspectiva de las técnicas somáticas de movimiento el término “postura” tal como es entendido habitualmente es un concepto irrelevante, por lo tanto, no tiene sentido aferrarse ni al término en sí ni a ninguna postura física que se considera “buena”. La palabra postura (etimológicamente emparentada con la palabra “poste”) implica algo estático, y la vida es todo menos estática.
Cuando admiramos a alguien que tiene “buena postura” lo que en realidad estamos admirando es su alineación ósea congruente y óptima para con la actividad que está realizando en ese momento. En inglés se usa la palabra “poise” que es algo así como “equilibrio dinámico”, o sea tener buen “poise” es tener la capacidad de adaptarse a las constantemente cambiantes demandas de equilibrio del cuerpo en el campo gravitatorio de tal forma que no parece haber esfuerzo visible. Esta “quietud” o “silencio” de esfuerzos innecesarios, este juego eficiente de pesos y contrapesos, es la verdadera definición de “buena postura” y se manifiesta en una actitud general del cuerpo y la persona más que en una forma en particular.
El mayor problema con la interpretación habitual del término postura es que nos lleva a pensar en formas fijas, estáticas, inmóviles. El problema con esta concepción es que no se ajusta a la realidad del cuerpo en el campo gravitatorio de la Tierra. Nos estamos moviendo siempre, incluso cuando creemos que estamos quietos. En todo momento hay alguna parte de nuestro cuerpo que está en movimiento (cómo mínimo el movimiento respiratorio), y todo movimiento localizado genera adaptaciones en todas las otras partes del cuerpo para mantener el equilibrio de la totalidad.
Es evidente entonces que mantener la ilusión de una “buena postura” es más una cuestión de administrar el equilibrio dinámico de partes en constante movimiento que una cuestión de mantener ciertas partes de nuestra anatomía en una posición fija (por ejemplo, “hombros bajos”). La postura es una danza, repleta de improvisaciones y micro y macro ajustes de tono y dirección. Dado que todas nuestras partes deben estar prontas para moverse en relación y respuesta al movimiento de todas nuestras otras partes, tratar de mantener una postura fija no es más que interferir con el acto de estar vivo.
Por ejemplo, los omóplatos necesitan moverse como parte del movimiento de rotación del tronco y por efecto del balanceo natural de los brazos. A su vez, los omóplatos necesitan adaptar su posición en respuesta al movimiento de las costillas al respirar. Al fijar los hombros en una posición única interferimos con nuestro caminar y con nuestro respirar. Todo esto interfiere en el movimiento y equilibrio de la columna, y cualquier cosa que interfiera con la columna automáticamente aumenta el esfuerzo que debemos realizar para mover nuestros brazos y piernas.
Obviamente cuando desequilibras tu columna, desequilibras tu eje, y pocas cosas son más angustiantes para tu sistema que la posibilidad de perder el equilibro y darte la cabeza contra el piso.  En respuesta tu sistema aumenta la tensión general del cuerpo. Como ves, un sistema desequilibrado en lo físico generará un desequilibrio en lo psíquico.

Por lo tanto te pregunto: ¿Y si en vez de tratar de mantener una postura fija te preguntas si todo se está moviendo como debería?

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